Moda Rápida - S11N1

 La moda rápida tiene presencia en prácticamente cualquier centro comercial y nos cautiva porque con ella podemos lucir una apariencia moderna a precios accesibles. Sin embargo, se trata de un modelo de negocios altamente contaminante y controvertido.



Nuestra manera de vestir influye en cómo nos relacionamos con las personas, nos da sentido de pertenencia y nos ubica en un determinado estrato social, queramos o no. En diferentes lugares y momentos de la historia se promulgaron leyes que dictaban los tipos, colores y materiales de las prendas que se podían usar. El objetivo, de acuerdo con la historiadora inglesa Aileen Ribeiro, era que nadie se vistieran por encima de su clase social. Aunque hoy en día sigue habiendo códigos de vestimenta, lo que escogemos para ponernos ahora depende más bien de las tendencias de la moda y de nuestro presupuesto. Durante la segunda mitad del siglo XX el precio de la ropa aumentó a un ritmo menor que el de otros productos por el consumismo en este sector.

El Instituto de Recursos Mundiales (WRI por sus siglas en inglés) estima que hoy en día compramos 60 % más ropa que en el año 2000. En 2017 la distribuidora Grupo AXO reportó un aumento de las ventas del 75 % en México en comparación con 2013. Este aumento también obedece a que hay más disponibilidad. Otro de los cálculos del WRI es que el volumen de ropa que se produce anualmente alcanza para que todas las personas del mundo compremos al menos 20 prendas cada año, más o menos a razón de una prenda cada tres semanas.

Pero el ensueño de la ropa disponible y asequible se transforma en pesadilla cuando echamos un ojo al panorama completo: desde lo que tiene que suceder para que las prendas lleguen a las tiendas hasta lo que hacemos con ellas después de que las compramos.

Utilidad fugaz

Para hacer una prenda artesanalmente, primero hay que ir a la toma de medidas, luego hay que hacer o escoger un diseño, después hay que elegir la tela y finalmente esperar a que la prenda esté lista para probárnosla y enamorarnos de ella o hacer los ajustes pertinentes. Podríamos decir que esta forma individualizada de producción constituye una especie de moda lenta. Hoy en día, la ropa prácticamente ya no se elabora así, sino bajo el esquema de ropa producida con medidas estándar que espera en anaqueles a que vayamos a comprarla. La idea de la rapidez en la moda rápida o fast fashion no se refiere solo a la velocidad de los procesos de producción y venta de la ropa, sino también a la brevedad del tiempo que la usamos. Este tipo de ropa suele hacerse con materiales de mala calidad y con acabados pobres, así que muy pronto se desgasta o se rompe. Aunque podríamos usarla por más tiempo si hacemos algunas composturas, hay una segunda razón que nos decide a desecharla: pasa de moda.

Las prendas, así como los zapatos, los accesorios, el estilo del pelo y el maquillaje que complementan nuestra imagen, estarán a la moda o se considerarán anticuadas en función de las tendencias de temporada. Las tendencias siempre han cambiado, solo que hoy en día lo hacen a un ritmo sin precedentes. Hasta hace unos 30 años la industria de la moda se desarrollaba alrededor de dos grandes temporadas: primavera-verano y otoño-invierno. Hoy, en cambio, el WRI ha llegado a contabilizar más de 50 micro-temporadas al año, además de nuevos ciclos como el regreso a clases y las graduaciones. Si no quieren rezagarse, las tiendas tendrían que cambiar su surtido de ropa cada semana.

Como otra característica de la moda rápida es que cuesta poco; para mantener un buen margen de ganancia tiene que haber un volumen de ventas muy alto todo el tiempo. Para conseguir esta meta, las campañas de publicidad utilizan estrategias psicológicas para convencernos de comprar ropa que no necesitamos: prendas preciosas a precios increíbles que nos abren la puerta al mundo de la popularidad o al de la clase social a la que aspiramos. Si el precio no fue gancho suficiente, entonces utilizan la carta del descuento: ofertas inigualables que nos brindan una segunda oportunidad de entrar en ese mundo. La realidad es que su intención es sacar toda esa ropa para hacer lugar a la nueva colección. Desde hace décadas, el modelo de negocios de la moda pasó de “producir lo que se pueda vender” a “vender lo que se produce”.

Emisiones de miedo

Es muy difícil tener cifras precisas del impacto ambiental de la moda rápida porque se trata de una industria global cuyos procesos ocurren en países diferentes. Aun así, se pueden hacer estimaciones. En 2017 el foro para la sustentabilidad en la moda Global Fashion Agenda y la consultoría estadounidense The Boston Consulting Group, publicaron un reporte en el que estiman que en 2015 la industria de la moda fue responsable de la generación de 1 715 millones de toneladas de emisiones de CO2 equivalente, del consumo de 79 000 millones de metros cúbicos de agua y de la producción de 92 millones de toneladas de desechos. También estimaron que, si la industria de la moda no cambia sus procesos, estos números aumentarían en un 50 % para 2030.

El CO2 equivalente es una medida de la emisión total de gases de efecto invernadero y se calcula a partir de la producción directa o indirecta de las emisiones. En el caso de las fibras naturales, se contabilizan las emisiones de los combustibles fósiles que usan la maquinaria y los sistemas de riego, así como las de los fertilizantes, las de las heces de los animales y las de las quemas. Para las fibras sintéticas, que son derivadas del petróleo, el contador de emisiones arranca desde la búsqueda de depósitos de crudo.

Antes de continuar vale la pena recordar que nuestro sistema económico es capitalista y, en consecuencia, las empresas se instalarán en lugares donde los costos de producción se mantengan al mínimo para poder maximizar la ganancia. En el caso de la industria de la moda, los principales productores son China, Bangladesh, India, Vietnam, Indonesia y Turquía; México aparece un poco más abajo en esta lista del Banco Mundial de Datos. Los principales consumidores son Estados Unidos, los países de la Unión Europea, China y Japón. No es nada descabellado imaginar un escenario en el que una prenda que se vende en Estados Unidos se haya hecho en China con algodón cultivado en Egipto. Esto quiere decir que se necesitarán cientos de vehículos terrestres, aéreos y marítimos para trasladar los insumos a todos estos lugares, lo que representa otro montón de emisiones que contabilizar. Y no hay que olvidar las emisiones generadas por los combustibles necesarios para operar herramientas y máquinas de toda la cadena de producción, y para generar la electricidad que ilumina las fábricas y los puntos de venta. Un grupo de investigación del Instituto Tecnológico de Massachusetts estimó en 2015 que la fabricación de una sola playera de poliéster emite un aproximado de 5.5 kg de CO 2 equivalente. A este acumulado todavía hay que agregar las emisiones que se generan cuando tiramos las prendas. La fundación Ellen MacArthur propone esta imagen para poner el desecho mundial de ropa en perspectiva: cada segundo se desecha o incinera un camión de textiles. Sí: mucha de la ropa que no se vende se incinera para reducir el volumen de basura en los tiraderos o para evitar que caiga en las manos equivocadas, como declaró una marca de lujo en 2018 después de quemar mercancía valorada en más de 38 millones de dólares. Las prácticas suntuarias ya no son ley, pero las marcas de lujo prefieren quemar su inventario que correr el riesgo de que sus productos se vulgaricen.

Fuente: Universidad Nacional Autónoma de Mexico

https://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/257/moda-rapida-la-industria-que-desviste-al-planeta


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